| Introducción | |
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SAN BENITO DE NURCIA
Pedro le hizo observar que, por su parte, no conocía muchas personas excepcionalmente virtuosas, por lo que no comprendía que su recuerdo pudiera turbar al papa. Es verdad que conocía hombres virtuosos, pero no parece que éstos hayan obrado maravillas, milagros, pues en todo caso si los hicieron se les ignora. Gregorio le responde que él podría hablar largamente de tales personajes a quienes ha conocido por medio de testigos dignos de fe. Pedro toma la ocasión al vuelo y pide a Gregorio que hable de ello, pues si la enseñanza de los doctores es saludable, más eficaces son los ejemplos de los santos y sus milagros para llegar a la humildad y para hacer desear el cielo. Así lo hace Gregorio narrando hechos susceptibles de edificar, es decir de construir. Estos relatos probarán además que Dios no abandona a su pueblo en medio de tantas calamidades como lo asaltan. No más que en el Antiguo Testamento, o incluso en el Nuevo, faltan hoy hombres cuya vida y hechos maravillosos atestigüen que Dios no abandona a los que ama. No sólo hubo santos en otro tiempo, en Oriente o en la Galia; también los conoce Italia y muy cercanos a nosotros. Esto es lo que quieren demostrar los Diálogos, vida y milagros de los Padres italianos y sobre la eternidad de las almas, escritos entre julio del 593 y noviembre del 594. Los Diálogos comprenden 4 libros. Los libros 1 y 3 constan respectivamente de 12 y 38 capítulos, poniendo en escena a 12 y a 37 personajes. El libro II, 38 capítulos, está dedicado a un solo personaje: Benito. Por último, el libro IV está centrado sobre todo en un tema, el de la vida del alma después de la muerte, y continúa con una exposición sobre los fines últimos, ante todo doctrinal, pero ilustrada con muchos hechos maravillosos (el número de personajes, más difícil de establecer, es de unos 50). No nos vamos a entretener aquí más que en el libro II, pero importa no olivar que forma parte de un todo en el que la figura de Benito toma aún más relieve, pues está “verdaderamente lleno del espíritu de todos los justos, reuniendo de algún modo las virtudes y los dones de todos los demás”.
El prólogo del libro II comienza con una frase solemne: Fuit vir vitae venerabilis, gratia Benedictus et nomine, ab ipso pueritiae suae tempore cor gerens senile. Hubo un hombre de vida santa, “Bendecido” por la gracia y el nombre, que desde la infancia mostró la sabiduría de un anciano. Nacido en Nursia, de una familia de clase alta, fue enviado a Roma para hacer allí estudios liberales. Pero no tardó en alejarse, temiendo ser arrastrado al desorden moral en el que veía zozobrar a sus compañeros. Dejó Roma así como la casa y los bienes de su padre, no deseando agradar más que a Dios: soli Deo placere desiderans y aspirando a la vida monástica. Se retiró pues, escogiendo la ciencia del no saber y la docta ignorancia: scienter nescius et sapienter indoctus. Tras esta presentación, Gregorio cita en seguida sus fuentes, pues él mismo no ha concoido a su héroe; son 4 hombres que conocieron a Benito: Constantino, sucesor de Benito en Montecassino, Valentiniano, abad del monasterio de Letrán, Simplicius, sucesor de Constantino y Honorato, Abad de Subiaco, único que vive en el momento en que escribe Gregorio (Pról). Observamos que en los demás libros de los Diálogos, las fuentes suelen ser anónimas. “se dice que”, “me han contado que”, etc. En el libro II son citadas y si alguna vez se funda Gregorio en otro testimonio, lo dice.
Benito se retiró hacia lugares desiertos y empezó por detenerse en Enfide, donde las gentes quisieron retenerlo a él y a su nodriza (pues ésta que le amaba mucho le había acompañado en su retiro). Un día se rompió uan criba traída por la nodriza. Viendo la pena de ésta a la que amaba, Benito se puso a rezar. ¡Y la criba fue reparada! El prodigio hizo ruido, se colgó el objeto en la puerta de la iglesia del lugar, “donde se ha podido ver hasta la llegada de los lombardos” y Benito se fue más lejos, esta vez solo. Y es que temía, después de tal milagro, ser tentado por la vanagloria.
Se fue hacia Subiaco, a unas 40 millas de Roma, Sublacus, llamado así a causa de un extenso lago que da nacimiento a un río. En su camino encontró Benito a un monje llamado Romano, que al conocer el deseo del jove le dio un hábito monástico y le aseguró la nutrición durante los tres años que pasó en una estrecha gruta, prácticamente inaccesible. Romano hacía llegar el pan a Benito por medio de una cuerda, provista de una campanilla que lanzaba desde lo alto del acantilado, hasta el día en que tuvo que buscar otro procedimiento, ya que el diablo, furiosos por la caridad de Romano y por el consuelo de Benito, lanzó una piedra que rompió la campanilla....
Luego, un día de Pascua, un sacerdote que vivía bastante lejos, recibió en una visión la orden de ir a llevar una comida de fiesta a Benito. Habiendo logrado descubrir al ermitaño, después de la oración hecha en común, invitó el sacerdote a Benito a su comida. Benito no comprendió inmediatamente de qué se trataba, pues ignoraba que era el día de Pascua.
Hacia la misma época, ganaderos de los alrededores descubrieron al hombre de Dios en su gruta. A causa de su apariencia, lo tomaron al principio por una bestia salvaje. Se establecieron relaciones entre ellos para bien de esos pastores, muy poco refinados. A su vez vinieron gentes de la comarca a ver a Benito, asegurándole el mantenimiento mientras él los llevaba con su enseñanza a una vida mejor [cap. 1].
Pero el Tentador no olvidaba a Benito. Éste se sintió tan turbado por el recuerdo de una mujer muy hermosa, vista en otro tiempo, que estuvo a punto de abandonar su retiro. Reaccionó de repente, se enrolló desnudo en una zarza de espinas y ortigas y a partir de ese momento, “la tentación de la carne fue tan bien domada que jamás sintió nada de este género”. Se hizo así perfectamente apto para ser un maestro de virtud ante quienes estaban cerca de él [cap. 2].
El renombre de Benito se extendía cada vez más. Los monjes de un monasterio cuyo abad acababa de morir le rogaron que se pusiera a su cabeza. Benito vaciló mucho, pues sabía que las costumbres de los que le solicitaban estaban lejos de ser perfectas. Acabó por ceder y se convirtió en su superior. Pero las cosas no tardaron en estropearse. Los monjes se arrepintieron de tener un abad que no toleraba sus desórdenes e intentaron deshacerse de él ofreciéndole un brevaje envenenado. Benito trazó el signo de la cruz sobre el vaso que se le presentaba y éste se rompió como si le hubieran tirado una piedra. Benito comprendió que lo habían querido envenenar. Muy tranquilo se levantó y partió para volver a su querida soledad. Y solo, “habitó consigo mismo” dice Gregorio. Pero Pedro no comprende esta expresión de habitar consigo mismo. Gregorio se lo explica: se puede ser arrastrado fuera de sí, hacia abajo por demasiadas preocupaciones o hacia arriba por la contemplación. Aquí Benito estaba amenazado de ser arrastrado fuera de sí hacia abajo por el cuidado de esos monjes desvergonzados y esto sin provecho para ellos. Entró pues en sí mismo “y se guardó en el interior de su meditación. Y cuantas veces el fuego de la contemplación lo arrebató hacia las alturas se dejó a sí mismo bajo sí mismo”.
Cuando el hombre santo, en esta soledad, hubo progresado mucho tiempo en virtudes y milagros, vio venir a él cantidad de discípulos deseosos “de servir con él al Dios Todopoderoso”. Para toda esta gente construyó doce monasterios con doce monjes y un abad en cada uno de ellos. El propio Benito vivía en un decimotercer monasterio, encargándose de formar a los jóvenes reclutados. Entre esos jóvenes que venían a presentarse, hubo una “buenas esperanza”: Mauro, hijo de Equitius, ya un adolescente, que se convirtió en auxiliar de Benito, y Plácido, más pequeño, hijo de Tertullus [cap.3]. Gregorio narra entonces algunos hechos asombrosos que ocurrieron en Subiaco. En uno de los doce monasterios, un monje joven era incapaz de permanecer en la oración después del oficio. Su abad, Pompeianus, no consiguió corregirlo. Éste se dirige a Benito, que acaba por acudir al lugar con Mauro. ¿Y que ve? Al final del oficio, un niño negro saca al joven monje fuera. Al día siguiente Mauro ve lo mismo que su abad, pero no Pompeianus. Al tercer día, Benito, con un golpe de vara sobre el joven monje lo cura para siempre de su inconstancia. El antiguo enemigo no osó ya dominar el pensamiento del monje [cap. 4]. Otro prodigio: tres de los monasterios situados en lo alto de una montaña, carecían de agua. A fin de evitar penosas y peligrosas idas y venidas, los monjes desean cambiar de emplazamiento; Benito les recomienda que golpeen la roca en un punto bien preciso y al otro día brotó una abundosa fuente [cap. 5].
Otra vez un godo simple de espíritu pero ahincado en el trabajo, ocupado en desbrozar la orilla del lago, golpea tan fuerte con su hoz que el hierro se desprende y cae al agua profunda. Nuestro hombre va al encuentro de mauro para acusarse de su falta. Mauro haba con Benito, quien aproximándose al lago toma el mango del utensilio y lo introduce en el agua: la hoja viene enseguida a encajarse en el mango [cap.6].
Un día el pequeño Plácido, al sacar agua del lago, es arrastrado por la corriente. Benito lo había visto desde su celda. Ordena a Mauro que corra en ayuda del niño. Mauro se va veloz y corre sobre el agua. Sólo después se da cuenta del milagro, un milagro que Benito atribuye a la obediencia de su discípulo, mientras éste lo atribuye a la orden de su abad. Es Plácido quien da la verdadera respuesta: el prodigio se debe a Benito pues “en el momento en que ha sido sacado del agua, dice he visto por encima de mi cabeza el manto del abad y tenía la impresión de que era él quien me sacaba del agua”. [cap. 7].
La fama de Benito molesta al sacerdote de una iglesia vecina, Florentius, quien queriendo deshacerse de su vecino le envía un pan envenenado. Pero Benito desbarata el ardid ordenando a un cuervo que se lleve lejos el funesto regalo. Esto no hace más que atizar la envidia de Florentius. Al no poder alcanzar directamente al maestro ataca a los discípulos. Envía siete muchachas desnudas para que bailen en el jardín del monasterio, lo que Benito percibe desde su celda. Puesto que la malevolencia no afecta más que a su persona y para no exponer al peligro a sus jóvenes monjes, Benito se decide a abandonar Subiaco. Da un reglamento a los 12 monasterios, pone priores y les añade hermanos, luego se va. Poco tiempo después muere Florentius en el derrumbamiento de su casa. Mauro, muy contento, se apresura a anunciar el hecho a Benito rogándole que vuelva a Subiaco. Benito no hace nada y reprende a Mauro por haberse aalegrado de la muerte de un enemigo.
Verdaderamente, exclama en ese momento el diácono Pedro, Benito está llego del espíritu de todos los justos. Pedro reconoce el de Moisés en el agua que brota de la roca, el de Eliseo, en el hierro devuelto del fondo del lago, el de Pedro en marcha sobre el agua el de Elías en la obediencia del cuervo, el de David en el pensar por la muerte de un enemigo. A lo que Gregorio responde que Benito tuvo el espíritu de ese único justo, el Cristo Señor, que puede transmitir a otros su milagroso poder. [cap. 8 a].
Desde Subiaco se dirige hacia un burgo en el flanco de una alta montaña. Montecassino. Se instala en el monte, sobre el cual se honra a Apolo y donde algunos bosques están consagrados a los demonios. El hombre de Dios empieza por derribar el altar e incendiar los árboles. Establece un oratorio en honor de San Martín y sobre el emplazamiento del altar pagano dedica otro a San Juan Bautista. Pero, como observa Gregorio, al pasar a otros lugares no cambia Benito de enemigo, pues el demonio sigue tendiéndole emboscadas e importunándole [cap. 8b]. Es él quien hace tan pesada una piedra que los hermanos no consiguen desplazarla hasta que interviene la oración de Benito [cap. 9]. Es el demonio quien en la cocina donde se había depositado un ídolo hallado en tierra, produce la ilusión de un incendio. La oración del abad cura el espíritu de los hermanos, víctimas de esta alucinación [cap. 10]. Durante los trabajos de construcción, el diablo hace derrumbarse un muro sobre un monje joven. La víctima está muy mal pero Benito acude, ruega y el monje puede volver enseguida al trabajo [cap. 11]. Después de esta secuencia de intervenciones diabólicas, Gregorio recuerda algunos actos de profecía y clarivedencia atribuidos a Benito- Dos hermanos han tenido que salir del monasterio para alguna misión. En el camino y contra la Regla, han hecho una comida. A su regreso Benito les pregunta: “Dónde habéis comido?” “En ningún sitio”, dicen ellos, pero Benito les concreta en qué casa han comido y bebido. Les perdona su falta, sabiendo que en lo sucesivo no pecarán más, pues lo tendrán presente en su espíritu [cap. 12]. Un peregrino venía a ver a Benito de vez en cuando. No tomaba alimento antes de la entrevista, haciendo el camino en ayudas. Un día el demonio bajo la apariencia de un compañero de ruta, le persuade para que coma antes del término del viaje. Benito “lo ve” y el otro reconociendo su falta se humilla, teniendo tanta más vergüenza de haber pecado por cuanto ahora sabía que había pecado ante los ojos del padre Benito. El diácono Pedro interviene de nuevo: aquí reconoce el espíritu de Eliseo, que se hizo presente a su discípulo ausente [cap. 13].
Otro episodio es el de la visita del rey Totila. El rey de los godos había oído hablar del don de profecía del abad y quería cerciorarse de ello.
Pidió ser recibido por Benito. Pero llegado el día, envió en su lugar a su escudero Rigo, revestido con los hábitos regios y rodeado de una escolta real. En cuanto Benito apercibió a Rigo le gritó desde lejos: “hijo mío, deja todo eso que llevas, eso no es para tí”. Todo corrido, Rigo llevó el asunto a su dueño [cap. 14] el cual entonces se presentó en persona. Benito lo recibió, le reprochó sus crueldades y le invitó a renunciar a ellas. Igualmente le anunció lo que le esperaba: “sí, tu entrarás en Roma y pasarás el mar. Tú reinarás 9 años y morirás al décimo”.
Todo lo cual ocurrió luego. Y Gregorio refiere aquí que en otra ocasión Benito había asegurado al obispo de Canosa que Roma no sería anegada por los bárbaros, sino sacudida por las tempestades, los cataclismos, los ciclones y los temblores de tierra. Lo que ahora vemos realizado [cap. 15].
Otro hecho: un clérigo es librado del demonio, pero Benito le impone que no coma carne ni pretenda acceder a las órdenes sagradas. El clérigo lo cumple de momento, pero acaba por olvidar sus promesas y desde entonces será atomentado por el demonio hasta el fin de sus días [cap. 16].
Sigue una profecía que Benito hizo un día, muy abatido, al noble Teóprobo: “todo este monaterio que he construido, todo lo que he reuniodo para los hermanos, ha sido entregado a los paganos por un juicio de Dios Todopoderoso. Apenas ha podido obtener que me sean concedidas las vidas”. Y eso es lo que hemos visto realizado, anota Gregorio: en la destrucción de Montecassino por los lombardos no ha muerto ni un solo monje [cap. 17].
Este don de clarividencia y profecía se manifiesta aún en otras ocasiones. Benito sabe que un frasco de aceite ha sido robado y ocultado [cap. 18], sabe que un monje ha aceptado pañuelos como regalo por parte de monjas [cap. 19], sabe los pensamientos orgullosos que animan a un hermano [cap. 20]. En tiempos de hambre en la Campinia, Benito predice que “el pan que falta hoy no faltará mañana” y al día siguiente hallan 200 celemines de harina a la puerta del monaterio [cap. 21].
Llega un día en que se pide a Benito que establezca un monasterio de Terracina. Consiente en ello. Envía hermanos con un abad y un prior. Prometiéndoles que vendrá un día determinado para señalarles los lugares en que deberán levantarse el oratorio, el refectorio, la hospedería y todo lo necesario. La noche anterior al día fijado para la venida de Benito, éste se aparece en sueños al abad y al prior de Terracina indicándoles todo el plan del nuevo monasterio. Pero el abad de Montecassino no viene.
Los hermanos acaban por ir a buscarlo para recordarle su promesa, “pero, les dice Benito, he venido a veros durante el sueño que habéis tenido” [cap. 22].
Los acontecimientos sorprendentes siguen desfilando ante nuestros ojos. Benito había excomulgado a dos monjas por excesos de lenguaje. Ambas murieron poco después y mientras se celebraba la misa de los funerales, salieron varias veces de su tumba en la iglesia. No pudieron permanecer en el lugar santo hasta después de que Benito, advertido, les hubo levantado la excomunión [cap. 23].
Un joven monje había salido sin permiso para ir a ver a sus padres. Murió en casaa de ellos, se le enterró, pero por dos veces le hallaron fuera de la tumba donde lo habían sepultado la víspera. Puesto Benito al corriente, recomendó colocar el Cuerpo del Señor sobre el pecho del monje, indicando así que estaban en paz con su superior, y las cosas volvieron a su orden [cap. 24]. Otro monje, fatigado de la vida religiosa, dejó el monasterio, pero halló en su camino un dragón dispuesto a devorarlo. Esto bastó para curarlo de su inestabilidad [cap. 25]. Un niño afectado de elefantiasis fue curado por el abad de Montecassino [cap. 26]. Éste encontró otro día en el cofre para trigo del monasterio las doce monedas de oro, e incluso 13, que le habían demandado para cancelar la deuda de un pedigüeño y que Benito no había podido dar por no tenerlas [cap. 27]. Otra vez es un leproso a quien Benito devuelve la salud [cap. 28].
Con ocasión de un hambre grave en Campania, Benito ordeno dar a un solicitante la única botella de aceite que había aún en el monasterio. Al saber que su orden no había sido cumplida, hizo lanzar la botella por la ventana para que se rompiera sobre las rocas, pero no se rompió [cap. 29]. Luego Benito y sus hermanos se pusieron a rezar para obtener aceite, y un barril vacío se llenó de aceite hasta rebosar [cap. 29].
Al ir un día al oratorio de San Juan, en la cima de la montaña, se le acercó a Benito el diablo disfrazado de veterinario y siguió su camino. Pero el “veterinario” fue a importunar a un viejo monje al que Benito liberó de una bofetada: el espíritu maligno no se atrevió jamás a volver [cap. 30].
Y he aquí dos “milagros”: Benito, sin moverse de su celda, ni siquiera interrumpir su lectura, libra de sus ataduras a un campesino aterrorizado y amarrado por un godo, el cruel Zalla, al que Benito reprocha sus crueldades con algún resultado [cap. 31]. Un campesino viene a implorar al hombre de Dios para que resucite a su hijo muerto. La oración del abad consigue la resurrección [cap. 31].
El diácono Pedro plantea aquí una cuestión: ¿Así pues, pueden los santos hacer todo lo que quieren y obtienen todo lo que desean? No, responde Gregorio: lo mismo que San Pablo, a pesar de sus instancias, no consiguió ser librado de su espina en la carne, Benito no logró obtener que se mantuviera el buen tiempo, que le hubiera permitido volver a casa la noche de una jornada que había pasado en conversaciones espirituales con su hermana Escolástica. Ésta, que era monja, tenía la costumbre de visitarle una vez al año. Deseaba que la entrevista de aquel día se prolongara, lo que Benito rehusaba por respeto a la Regla que no le permitía pasar la noche fuera de su celda. Escolástica se puso en oración obteniendo así que una violenta tormenta y una lluvia torrencial impidiesen al abad y a sus hermanos volver al monasterio. Se prolongó la conversación entre el hermano y la hermana. “Nada asombroso resulta, concluye Gregorio, que Escolástica haya sido más fuerte que Benito... Por un justo equilibrio obtuvo más la que más amó” [cap. 33].
Tres días más tarde, Benito levantó los ojos al cielo en su celda y vio “el alma de su hermana penetrar en las profundidades del cielo bajo la apariencia de una paloma”. El abad envió a buscar el cuerpo de la difunta y lo enterró en el sepulcro que se había hecho preparar para sí mismo: “Así ni la tumba separaría a estos dos seres que nunca habían sido más que uno en Dios”. [cap. 34].
Sigue luego un capítulo bastante largo que relata una visión de Benito. Los frailes dormían ya, pero Benito velaba todavía. De repente, a esa hora de la noche, vio chispotear una luz que alejaba las tinieblas con tal claridad que hubiera hecho palidecer la del día.
Ante sus ojos el mundo entero se reunió como en un solo rayo de sol. Benito vio entonces dentro de un globo de fuego el alma de Germán, obispo de Capua, llevada al cielo por los ángeles. Envió en busca de noticias y efectivamente Germán había muerto a la misma hora en que el hombre de Dios lo había visto subir al cielo. Esta visión proporciona a Gregorioa oportunidad para una enseñanza sobre la contemplación que en la luz de Dios, hace dilatarse el alma, la arrebata por encima de ella misma y le hace aparecer como pequeñísima la creación entera [cap. 35].
Así se cierra la serie de milagros. Pero todavía hay una cosa admirable por señalar: el hombre de Dios ha escrito una Regla de los monjes notable por su discreción y luminosa en su expresión. Discretione praecipuam, sermone luculentam. Se podrá deducir de ella la manera en que vivió Benito (lo que se ha informado de él hasta el presente no dice gran cosa de su vida personal); pues “el hombre santo no pudo de ninguna manera dar enseñanzas diferentes del género de vida que él practicaba” [cap. 36]. Llegamos al final de la vida de Benito. El año en que falleció predijo a sus hermanos el día de su muerte. Seis días antes de su óbito hizo abrir su tumba. Le invadió una fiebre, se hizo llevar al oratorio, recibió el cuerpo y la sangre del Señor.
Luego, apoyando sus miembros debilitados en los brazos de sus discípulos, se puso en pie con las manos levantadas al cielo y, con su último suspiro, susurraba oraciones. Aquel día dos hermanos tuvieron una visión idéntica: la de un camino cubierto de alfombras y brillante con luces innumerables que en derechura hacia Oriente iba de la celda de Benito hasta el cielo. Les fue dicho: “es el camino por el que Benito, precioso para el Señor, ha subido al cielo”. Benito fue sepultado en el oratorio de San Juan Bautista [cap. 37].
Y por último, como prodigio “reciente” para repetir el epíteto de Gregorio, una loca fue curada en la gruta de Subiaco [cap. 38].
Tal es según los Diálogos la “vida de san Benito”. Ha sido recopiada muchísimas veces como lo atestigua el gran número de manuscritos que nos han quedado. Existen numerosas ediciones y traduciones en diversas lenguas y aún se traduce en nuestros días. La iconografía y en menor medida la escultura ha representado muchas escenas de esta vida. También la música se ha inspirado en ella en el sentido de que, para el oficio monástico de san Benito, los textos tomados de la Regla han sido revestidos de melodías gregorianas, lo que no ha contribuido poco, en los ambientes monásticos, a hacerlos penetrar en los espíritus.
¿En qué medida han concedido los siglos pasados una creencia real a tantas maravillas? Es imposible decirlo, pero no se corre el riesgo de equivocarse al estimar que en la Edad Media, por lo menos, esta creencia estuvo muy extendida. ¿Y hoy?
El Renacimiento, los humanistas, apreciaban muy poco todo lo maravilloso de los Diálogos, la Reforma repugnaba admitir el culto de los santos, las especulaciones sobre el purgatorio, la eficacia de la misa para el alivio de vivos y muertos. Los tiempos posteriores, aún más tocados por las tendencias racionalistas y positivistas, se oponen resueltamente a lo sobrenatural y maravilloso así como a la ingenuidad.
Si, por parte, la crítica histórica y literaria pudo sentirse tentada a rechazar, no ya la autenticidad de la obra, sino su “historicidad” en bloque, puede sin embargo proporcionar indicaciones para establecer las distinciones necesarias.
Se han clasificado generalmente los Diálogos entre los relatos populares; constituirían una especie de mancha oscura dentro de la obra de Gregorio, quien habría adoptado un estilo más descuidado para hacerse comprender mejor y no habría temido sembrar lo maravilloso a manos llenas. En realidad, un estudio riguroso ha podido demostrar que estos Diálogos se dirigían más bien a la selección de los consagrados, de los notables y de las gentes instruidas. Éstos no eran menos aficionados a lo maravilloso que la gente inculta. El cuanto al estilo, un análisis preciso ha mostrado que no desentona de ningún modo en el conjunto de la obra de Gregorio. Su calidad lo sitúa un poco después de los Moralia y el primer libro de las Homilías sobre el Evangelio y un poco antes del segundo libro de dichas Homilías y las Homilías sobre Ezequiel. Además, no es nada descuidada la construcción del conjunto de los cuatro libros: los tres primeros constituyen un tríptico con el panel central consagrado a un solo personaje y rodeado de otros dos paneles,I y III, donde los personajes abundan. Por encima de este tríptico, aparece el libro IV como un amplio cuadro hacia el que tienden los otros tres. Han sido destacados otros indicios de una construcción muy estudiada (el número de personajes, el número de milagros, etcétera), sobre los cuales no hay lugar para insistir aquí.
En cuanto al fondo mismo de la narración –y no hablemos en adelante más que del libro II- parece que es preciso hacer una distinción entre datos biógraficos y topográficos de una parte y lo maravilloso de otra.
No hay realmente ninguna razón para no admitir la existencia de Benito, su nacimiento en Nursia (actualmente Norcia, a 110 Km al N.N.F. de Roma), su paso por Enfide (actualmente Affile a 50 km al este de Roma), su estancia en Subiaco ( a 5 Km al norte de Affile), al principio en la gruta Sacro Speco y luego en un monasterio con otros doce monasterios a su alrededor, su instalación en Montecassino (a 120 Km al E.S.E. de Roma), la fundación de Terracina (a 55 Km al S.O. de Montecassino)., la existencia del monasterio de Letrán en Roma. Tampoco hay motivos para rechazar la redacción de una Regla en la que Gregorio veía un espejo de la santidad de Benito más que un medio de la difusión del monaquismo (en realidad, la Regla debe mucha de su influencia a la recomendación del Papa). ¿Por qué negarse a creer que Escolástica ha vivido realmente? La criba que se podía ver colgada en la puerta de la iglesia de Enfide bien ha debido existir. Y debió pasar alguna cosa asombrosa en la gruta de Subiaco “recientemente” según Gregorio. La visita de Totila es perfectamente verosímil.
Nada de todo esto resulta caduco para los interesantísimos estudios que se han dedicado y que se dedicarán aún a los antecedentes literales de la forma de los “diálogos”, sobre el tema del encuentro de santos con los grandes de la tierra, sobre las huellas del paganismo que se pueden observar en este libro segundo, sobre el simbolismo de los nombres de Benito (“benito”) y de Escolástica (“ocio”), etc.
Pero cuando se pasa a los milagros, a lo maravilloso, a las “diabluras”, importa que seamos mucho más reservados. No es que haya que rehusar a priori la posibilidad de intervenciones sobrenaturales, ni rechazar la existencia del demonio. Parece que Benito fue realmente taumaturgo. Sin embargo jamás sabremos el detalle de los hechos maravillosos o asombrosos que leemos en los Diálogos ni siquiera sabremos exactamente cuál fue el núcleo histórico esencial, ni si lo hubo. A partir de este libro se puede trazar un cierto retrato de san Benito, presentir una cierta fisonomía, pero hay todas las probabilidades de que ésta tenga tanto de la imaginería popular como de la verdad histórica. Es cierto que la imaginería popular tiene su propia verdad, una “cierta” verdad, y en todo caso su encanto. ¿Por qué privarse de él?.
Si es aventurado fundarse en los Diálogos para determinar una doctrina de san Benito, hay lugar para creer, por el contrario, que allí se encuentra mucho de la doctrina de Gregorio. Parece que haya utilizado hechos “milagrosos”, reales o no, para proponer no sólo una vida de Benito –cuyos datos biográficos de que hemos hablado antes pueden ser aceptados- sino para proponer, con ocasión de esta vida, sus puntos de vista sobre el papel de las tentaciones en la vida espiritual, sobre las exigencias de la contemplación, sobre la importancia de la plegaria, etcétera. Por lo demás, el propio Gregorio, como dice varia veces, considera que los milagros, las virtudes, son mucho menos importantes que la santidad de vida, la virtud, de la que son signo. La vida de Benito, de un Benito histórico, ha sido también para Gregorio ocasión de dar su propia enseñanza.
¿Se pueden concretas las fechas de la vida de san Benito? “Tradicionalmente” se fija el año 480 para su nacimiento, 529 para la marcha hacia Montecassino, 542 para la muerte. Los erudictos piensan actualmente que el 480, aunque arbitrario (se podría retrasar una decena de años “sin inconvenientes”), es una fecha bastante aproximada. El 529, fecha puramente conjetural, está probablemente cerca de la verdad. El 542 debe ser retrasado al menos cinco años (algunos no vacilarían en situar la muerte de Benito hacia la mitad del siglo VI o incluso más tarde: digamos 547 o después).
© P. MAUR STANDAERT, O.C.S.O. La Vida y la Regla de San Benito. En San Benito Padre de Occidente: Barcelona, Editorial Blume, 1980. Pags. 11-52.
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La única fuente de vida de san Benito se halla en el libro II de los Diálogos, de san Gregorio. En el prólogo de esta obra, cuya forma dialogada es ciertamente ficticia, Gregorio cuenta que un día, deseoso de descansar algo de los abrumadores afanes de su cargo, recordaba ante su interlocutor el diácono Pedro, amigo suyo desde hacía mucho tiempo, a tantos santos que habían podido entregarse a la contemplación, mientras él estaba aplastado por su trabajo de pastor.